TERCER RELATO:
EL SEXTO LUGAR DE LA QUINTA
La propagación de una idea no es culpa ni es mérito de
sus
asertores; es culpa o es mérito de la historia.
JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI.
Abajo, todo esfuerzo se
maldice,
arriba, toda culpa se
perdona.
JUAN DE DIOS
PEZA.
Muchos me han visto hablando
con las paredes de la calle. En definitiva, no creo ser un desadaptado social o
un loco, ni mucho menos un vago sin oficio ni beneficio, pues por lo menos
estudio en la universidad. Lo que sucede es que prefiero contar mis
sentimientos a una pared y no un amigo o algún familiar. ¡Ellos no saben nada
de nada! Las paredes y la noche son mejores confidentes. Y más seguras, aunque
una noche no lo fueron tanto, y me enseñaron a ser más clandestino en mi labor,
para ser más feliz.
Domingo,
de noche.
Habíamos
tomado harto caliche y deambulábamos con Daniel bajo las estrellas del límpido
cielo huaracino, hasta que encontramos una pared enorme, bella y sucia – como
una exuberante mujer de la noche – dispuesta a recoger nuestras más secretas
intimidades.
Yo
me animé a escribir primero, tomé el espray y comencé mi trabajo, de pronto,
corre carajo, esa luz debe ser del carro de la tombería, me gritó Daniel. No,
no creo por acá, le respondí. El humor tibio del alcohol me envalentonaba. Como
que no creo, sonso, ¡la patrulla se aparece por donde sea!
La luz provenía de inmediaciones del parque FAP o
la avenida Gamarra, según mi ofuscada conciencia. Pronto aparecería un auto
raudamente. Te dije, vámonos, es el color oscuro de la policía, susurró amargo
mi amigo. ¡Espera!, sólo me falta una frase, debe terminar así: “…tienen
la esperanza de que caigan”, sí, así debe acabar, sin ella mi frase no
tendría sentido, le contesté mientras seguía escribiendo casi delirante. Qué
sentido ni qué nada idiota, corre, ¡corre! El auto se acercaba más dejando
notar su temida presencia para la gente agazapada de forma ilegal entre las
sombras de la noche. Mi mano movía diestramente la lata de aerosol sobre el
inmaculado lienzo de cemento. Sshhhhh – gemía el espray – la C, la A… shhh, la N… shhh, CAIGAN. ¡Listo!
Corre, corre.
El
envase de espray rojo quedó rodando por la acera, el carro oscuro pasó
despistado. No era la patrulla policíaca.
Lunes, 2:30 a.m.
Hace
frío. El frío, acá, es capaz de colarse hasta los huesos, de coagular la
sangre, tú no sabes, para combatirlo es inevitable y a la vez el mejor remedio
ir a las avenidas Fitzcarrald o Sucre, la triste Meca de los tomadores impíos, a
comprar una nutritiva botella de té o hierba rala, como vino de iglesia rural,
con un chorro analgésico de alcohol no refinado, celestial, seguido del rito
religioso de la sagrada purificación circular, con el mismo cáliz y en comunión
de todos los creyentes: el caliche, ideal para expiar todas las inhibiciones humanas,
es decir, en términos eclesiásticos, los pecados.
El
caliche es un volcán, calienta, no obstante, cualquier parte de la ciudad es
igual. El frío sale para todos, embargando con deletérea fruición la voluntad y
los pensamientos amodorrados de los transeúntes, transformando la ciudad hasta
convertirla en un terrible espacio de concreto, donde el ocio o la creatividad
pueden implantar su reino sin poderío. Y la soledad progresa, característica
inmanente de los rincones citadinos, mientras, para contrarrestar al medio
ambiente abrumador, el caliche.
Ahí,
entre el caliche y el frío, las calles de Huaraz están vivas, nos acompañan, nos
hablan calladamente, nos recriminan sin asco y hasta nos aconsejan con
sapiencia como el susurro de un padre tras el confesionario, de forma anónima y
con autoridad infalible. Se presentan surtidas de frases, lanzando su inerte
expresión revitalizante.
¡VIVA EL PARO NACIONAL! / 25 DE MARZO. ABAJO EL
TLC.
AMOR, NO OLVIDES QUE SI LLORAS, SÓLO PUEDE
CONSOLARTE QUIEN TE HIZO LLORAR. JOSÉ.
Ni
el frío ni la quiebra económica logra exterminarlas, y se mantienen, fieles a
su misión de representar al enorme patio nublado que subyace en el alma.
ESMELINDA, AUNQUE ESTES DONDE ESTÉS SIEMPRE TE
LLEVO EN MI CORAZÓN.
-
Ja, ja, ja – ríe
Esmelinda, una cerril chica de saco azul recientemente decepcionada por su
novio – si yo estuviese allí hace tiempo que le hubiera provocado un infarto a
ese desgraciado.
El
hoy y el ayer confundidos en una palabra despiertan a los primeros noctívagos
que se curan de la nueva resaca. Confundidos y absurdos, coherentes y
famélicos. Reza una oración última depositada en los mugrientos muros:
YO NO SOY DE HUARAZ
-
Eso se nota –
balbucea con desgano algún sensibilísimo indignado -. Serás un extranjero o un
resentido. Y gesticula sin norte semejando a quien se ríe de una mala broma o
de un buen chiste asesinado.
A L ¡ARRIBA
COMANDO GRONE!
Huaraz,
la gran Huaraz, se escribe en las paredes, en las mesas, en los suelos.
ABAJO BUSH/FUERA CÉSAR ALVÁREZ
Yo
había vagabundeado solitario por rincones y plazuelas sin encontrar, esta vez,
diversión. Mi enamorada, Karen, no quiso salir conmigo, esta vez, pues prefirió
ir a misa de nueve, la última misa de la noche, preparándose para su retiro
espiritual ya que pronto haría su confirmación. Seguro había llegado a casa
exhausta por el aburrido palabreo del padre que trataba de improvisar una
especie de sermón católico con realidad socio-económica… Para que la Virgen nos ilumine con su bondad ¡Te lo pedimos Señor! Para que cada día seamos
más dignos de tu Gracia ¡Te lo pedimos Señor! Para que haya equidad en el Banco
Mundial y el modelo neoliberal ¡Te lo pedimos Señor! Frases propias para
estar pintarrajeadas con brea embelleciendo el muro de algún hogar cristiano,
pensaba yo, sonriendo malicioso. Estaría cansadísima y al mismo tiempo alegre,
pues se sentía integrada a su sociedad mediante la iglesia.
Por
el contrario, yo me sentía como un elemento aislado de mi estructura
organizada, y por lo tanto, sin significado ni validez; ni mi cierta simpatía
para las huaracinas, ni mis modales prefabricados, ni mi relativa apariencia
intelectual, ni mi billetera llena de fotografías carné me reconfortaban cuando
estaba solo, como siempre, aunque ya debería de haberme acostumbrado. Subconscientemente
pensaba… no importan las cualidades ni las formas externas, sino mi
función en la urbe, mi posición en el
sistema que me incluye y al cual me debo. Conscientemente…
soy un pobre idiota, que más da… porque siempre lo fui.
Recuerdo
que de niño mis padres nunca escuchaban nada. Llegaban de la casa agitados y
andaban de aquí para allá. Las ropas sucias, la comida, las compras, las tareas
de Rolandito y seguramente también, el sexo de los casados, al final, como
última preocupación. Al poco rato ya se les veía mirando sus relojes. Me
acariciaban la cabeza y volvían a salir. Un día, cuando estaba en la escuela un
niño me pegó. Todo fue por una niña, todo pasó en un segundo. Ese Javier se
había mantenido agachado detrás de una carpeta esperando a que pasara
Maricarmen. Yo lo vi, pero ni siquiera intuí que aguardaba el momento preciso
para burlarse de ella. Cuando se aproximó el otro saltó de su escondite y sin
vacilación le bajó el buzo. Se le vio su calzoncito rosado, su piel rosada, y
más arriba, su carita aún más rosada, roja, escarlata, bermellón oscuro.
Lamentablemente, ella buscó con la mirada perdida a alguien que la defendiera,
y ante tal ausencia – pues todos reían y
la señalaban – optó por ponerse a llorar y se lanzó sobre mí. Yo la
abracé y me quedé congelado, sin saber qué hacer, nunca había sentido a una
niña tan cerca de mí. Era delgada, transmitía una tibieza conmovedora y creo
que suspiré, como nunca lo había hecho. La abracé también. En eso, Javier me
apuntó con el índice despiadadamente justo en medio de mi frente y gritó: ¡Fito
y Maricarmen, Fito y Maricarmen! Fue suficiente, me llené de rabia y en menos
de una décima de segundo le propinaba una patada furibunda. Maricarmen,
viéndose desprotegida, se fue corriendo. Volteé y traté de llamarla. De pronto
sentí un ardor incomprensible en mi nariz. La sangre brotó sin cauce,
despavorida. El puñetazo de Javier había sido violento.
Aquella
pelea quise contársela a papá, no sé si con afán heroico o como forma de
adquirir alguna orientación paterna, mas, cuando inicié mi relato, me vio a los
ojos como si estuviese viendo un partido de fútbol y me dijo que iba a volver
pronto, que no tenía tiempo, que en la noche iba a oírme. Lo esperé hasta su
retorno, dormido sobre el sofá. Regresó ebrio y casi sin mirarme se tiró a
dormir la mona. Lo habían ascendido al puesto de adjunto del contador general
en la empresa de los Moreno y las cervezas ayudaron a plantar las firmas
correspondientes. Entonces lloré mucho, a escondidas como siempre lo hacía, y me
sentí solo, muy solo. Luego, saliendo de mi desdicha sufrí una conmoción, de la
pena al rencor. Entonces escribí con una tiza en el piso: PAPÁ ES SORDO.
Fue mi primera inscripción.
Ahora,
después de extrañar a rabiar a mi enamorada, busqué a Daniel para tomarnos unas
botellas de caliche, y de acuerdo a mis hábitos de bestia de la noche salí como
un explorador a buscar donde seguir haciendo mis subrepticios anuncios en la
hechura; y públicos en exceso, tras el delito.
Después
que pasó el carro negro, nos escabullimos de entre la sombra del árbol que nos
sirvió de camuflaje. Te dije que no era la poli, le dije a Daniel, quien sin
hacerme caso contestó: Oye Fito, tu frase estará maldita, supongo, ya que te
obsesionaste en acabarla de pintar en la pared, ¿la terminaste? Sí Dani, como
no, aunque con el apuro dejé los tubos de espray tirados. ¡Qué diablos! al
menos ya adornaste a ese institutito de miércoles. Sí pues, Dani, le contesté
poniéndome pensativo viendo su rostro cuya nariz parecía un signo de interrogación
y recordé lo de mi madre. Y… - carraspeó
Dani antes de proseguir - hablando de ese instituto, ¿no va a volver tu vieja a trabajar?
Mi
mamá era personal de servicio en ese instituto más conocido como el CEO. Decían
que ya era muy viejita para limpiar todos los salones, pues era una anciana. Y
la iban a jubilar.
Creo
que así va a ser – le respondí –, claro
que trabajando gana más, la pensión de jubilada es una miseria, bueno, así
parece, en verdad mi madre no quiere jubilarse, dice que se sentiría inútil.
¿No se puede hablar con el director?, me interrogó Dani. Eso es culpa del
gobierno, no del director. Es cuestión de leyes no de personas. Entonces Dani
dijo: ¿Acaso las leyes no sirven para proteger los intereses de las personas?
No sé, contesté cortante porque debía terminar esa conversación, ya que estaba
contándole demasiado a Daniel, y eso me parecía nocivo.
ANDRADE PRESIDENTE UN PERUANO COMO TÚ
Por
eso confiaba más en las paredes. No me dicen qué debo hacer ni tampoco andan
por ahí tergiversando lo que se les ha confiado. Tampoco suspiran sin saber que
decirme ni fingen una empatía que no sienten. Dani ya se estaba enterando
demasiado de mi vida. No era bueno. Tenía que cambiar de tema. Tal vez hablaba
porque me sentía aún bastante picado. El alcohol cumplía su rol a perfección.
PATTY, TE AMOOO
Estaban
temblando. La fiebre del caliche se les iba evaporando con el correr de los
minutos. Una ráfaga de frío acarició los rostros. Unos segundos de mutismo
acompañaron su incontrolable tiritera.
En
eso, rompiendo el hielo, pregunté a Daniel por su enamorada, o mejor dicho, su
casi enamorada. Oye, aquí estudia Raquel, ¿verdad Dani? Aaah, ya está en
segundo ciclo. ¿Aún te gusta? Nonono, esa flaca ya fue. ¿Lo dices por que no te
atracó? Dani me contestó con una señal de fastidio. Yo continué: vaya, no seas despechado, además
flacas hay un montón. Ya sé que hay bastantes mujeres, quién se va a
encaprichar con ella, me mandé una vez y no quiso, y listo, a buscarse otra,
además es una creída, cree que tener un rico cuerpo es razón suficiente para
triunfar en la vida y convertir en caracoles a los hombres. Vaya, qué frasecita
uón, le dije. Pero está buena, ¿sí o sí? No sé – Daniel se queda pensativo,
observando el oscuro color de la pista. Yo creo que aún la quiere este sonso,
pensé y decidí proseguir. Y no crees… ¡Qué frío hace! y eso que hay luna, me
cortó. O sea que ya no te gusta, intenté reanudar el diálogo. No, ya no ya, me
gustaba antes, aunque… bueno, olvídalo. No, qué me querías decir. Nada Fito, nada,
qué hora es ¿ah?, dijo evadiéndome aún con más vehemencia. Ya no proseguí con
el tema, de repente él también no confía mucho en mí. De súbito sonó la alarma
de su Nokia, roll on, identifiqué,
encendiendo las luces rítmicas. ¡Oye imbécil, las tres y treinta! –
gritó. Es la hora que puse para estudiar epistemo, siempre estudio de madrugada
para captar mejor. Tarde no, le dije un tanto desorientado. Y el lunes, o sea
hoy, tenemos examen en la universidad. Cierto, los finales, ni me había
acordado. ¿Vamos? Vamos pues. ¿Te vas por allá? Sí. Chao, nos vemos. Nos vemos
mañana a las ocho. Ya, chao.
De
ese estilo solían ser nuestras conversaciones, entrecortadas y anémicas de
contenido, nunca nos enterábamos más de lo que debíamos saber. Tal vez por eso
éramos amigos, no teníamos la necesidad de identificarnos entre nosotros, y por
tanto, de aburrirnos mutuamente.
De
todas maneras con Daniel me sentía a gusto. Era tan igual como yo, tal vez
hasta sentía lo mismo que yo y no había motivo para querer interesarme de sus
sentimientos, ni él de los míos. Ambos éramos flacos, libábamos caliche por
puro gusto, nos gustaba pintar burdos grafitis y sobre todo solíamos ocultar
nuestra verdadera identidad tras el silencio. Encima de todo ello, y aunque
suene incompatible, a los dos nos encantaba de verdad el estudio y no por pura
finta, sino que chancábamos a rabiar. En las exposiciones solíamos hacer gala
de nuestra verborrea, esa misma que adormecía a las féminas más lindas y
provocaba las interrupciones solapadas de nuestros compañeros, pero además, que
encantaba a los profesores de la UNASAM, ese conjunto de habitáculos
celestiazules y morosos habitados por almas sin pena, donde aparte de los
saberes uno aprende mucho de lo que no debe saber y algo de lo ya sabido. A mí
realmente esa mezcla ambigua de rigor e indiferencia académica que se respiraba
hasta en el cafetín me afectaba. Y si aquella sensación infectaba hasta a los
acreedores de las frivolidades propias de la vida social universitaria,
cuantimás a lectorcitos como yo o Daniel, cuyas mentes se resistían a ser
suplantadas por esos ingeniosos moldes repetitivos de luz y candor
intelectual.
Un
día, ya muy chispo, le conté a Daniel el origen de mi amor por los libros y el
conocimiento y lo hice utilizando mi más florido léxico. Mi discurso mentalmente
deseaba expresar lo siguiente: En la secundaria las verdades se manifestaban de
manera acríticamente absolutas, el conocimiento yacía configurado en un machote
apolillado de unas centenas de palabras, en una serie lineal de enunciados y
metodologías seudodialécticas y casi escolásticas en formato de docentes
dogmáticos y despreocupados de su labor didáctica o en crisis de sus esquemas
síquicos más elementales, por ello tomé un gran interés por el estudio y empecé
a tenerle tirria a lo tradicional y a lo aceptado de manera conformista y no sé
por qué no me sentía igual que los
demás, identificado sí, pero igual, no; yo era un ser humano, en definitiva,
pero debía ser singular y único, distinto a los otros, especialmente diferente
de los que viven apabullados por las convenciones sociales. Sin embargo, en la
borrachera, entrecortadamente mascullé: En el cole todos creían que en el libro
estaba todo y encima los profes eran unos brutos, bueno, unos malditos
despreocupados, por eso me relajé y empecé a estudiar por mí mismo, siendo yo
mismo pe, por eso me gusta chancar. Daniel aseveró pensar y sentir de la misma
manera, por eso congeniamos.
La
gente se ríe de mí y de Daniel, creen que somos unos desadaptados porque no
nos lavamos el pelo, andamos de noche
aparentemente sin sentido, vagando, no como todos que sólo andan por pasear o
buscando alguna disco. Siempre estamos gritando huachafadas por las calles, nos
reímos, también, de las personas, y en las marchas de protesta cogemos piedras,
rompemos lunas y cabinas telefónicas, símbolos del inhumano monopolio que nos
agobia. Realmente creen que somos diferentes, y eso nos alegra, hasta muchas
veces los engañamos y creen que somos felices así. Se equivocan. No saben que detrás
de esta apariencia de desclasados y
alienados – como nos llamó en una oportunidad el calvo profesor de sociología,
pintoresco señor que cita en inglés y usa gorritas escocesas – somos personas
solitarias, de esas que se sienten solas en medio de una procesión. Además, somos,
y todos lo saben, los mejores
estudiantes de la Facultad, sin humildad ni remilgos. Devoramos todo libro que
cae en nuestras manos, sacamos buenas notas y somos creativos, tenemos nuestras
flacas y somos unos pobres tontos, pensamos que vamos a vivir del conocimiento.
Y a pesar de todo ello, tenemos una aceptación social, mmm, sostenible, digamos, y nuestras
relaciones no trascienden lo cotidiano, oscilan entre la pasividad y la
sicosis, entre lo furtivo y lo plausible. Y… bueno, nada más, nada más, creo
que debo callarme, sin darme cuenta ya te estoy confiando mucho, y que yo sepa,
no parece que seas tan discreto como una respetable pared.
Aún lunes. Lento atardecer.
Horas después del examen de epistemología, Daniel
ingresó al baño de la Facultad de Derecho pensando en Raquel, la mujer de quien
verdaderamente se había enamorado hasta el tuétano. Empero, ella no le mostró
ni un fatigado gesto de amor. Nadie está obligado a amar, por tanto, su desdén
podría ser natural y justificado, y
simbólicamente terrible como una bandera izada entre los despojos de un país
avasallado, como una conquista sin conquistador. Ella seguía ahí, remota,
atemporal. Quizás falló en su estrategia de cortejo. Como en sus ojos de
camelado la veía como un hada celestial, no le regaló chocolates ni perfumes,
sólo intentó homenajearla espiritualmente dándole un poema. Así pensó Dani
enamorarla. Era imprescindible dar parte de sí y no solamente lo que se puede
pagar y no se puede sentir, decía ilusamente. Si hubieran iniciado una relación
desde esa tarde en que se declaró infructuosamente, ya se estaría acercando su primer
aniversario. Pero eso era una ilusión, parecido a su poema, una utopía sin ton
ni son. No logró estar con ella, con su perfecta e inalcanzable Raquel, la dama
de sus sueños. Aun siendo apegado al conocimiento, Daniel nunca había puesto
interés en la clase de Literatura, pero desde que conoció a Raquel memorizó
versos y versos y se esforzó en confeccionar una poesía que fuera pulcra y
adecuada para Raquel. Pasó varias noches sin dormir buscando la frase suprema,
la palabra que diera vida a sus sentimientos. Muchos pensaban, los que no lo
conocían a fondo, que era un estudiante íntegro, limpio, blanquito y algo
introvertido, con plata y siempre andando con buenos libros. En verdad era muy
inteligente, pero otra faceta más inverosímil se prefiguraba en él desde hacía
poco. Estaba siendo dominado por el alcohol y cierta vez me hizo probar un poco
de marihuana. Fito, mira, y me mostró una caja de fósforos humeante en la cual
se había practicado un agujero. Adentro, la sagrada hoja ardía primorosamente
como un guerrero vencido en la pira sepulcral. Y aspiró, aspiró. Él decía que
la grifa lo ayudaba a inspirarse para hacer poemas, porque conscientemente
había sido un rotundo fracaso como bardo. Pero la práctica hace al maestro, y
su musa le incentivaba a no cejar en su intento cada vez que la veía salir del
CEO con su sonrisa de niña y sus piernas de vedette. Y lo intentó mil y una
noches. Así, reventado y duro, con los ojos rojos y huasca, logró hacer una
poesía medianamente romántica. Según sus cánones literarios el poema estaba
hermoso. Entonces se desintoxicó una semana y empuñando el sobre perfumado
donde guardaba su joya lírica fue a buscarla. Cuando le confesó su amor en la
esquina de su casa, Raquel sonrió. Él se alentó viendo un rasgo positivo de eventual
ingreso triunfal a su corazón. Luego le entregó el poema y ella abrió el sobre
indiferente. Se puso a leerlo, conteniendo otra tierna sonrisa, pero al
terminar el primer verso no soportó más y explotó en una irónica carcajada. El
rostro de Daniel se tiñó de invierno. Para ella, el poema era ridículo. Le dijo
que no, terminantemente. Y así terminaron sin siquiera haber iniciado. Esa
noche Daniel bebió caliche en su cuarto, casi hasta morir, destrozando su
celular, escupiendo al espejo y escuchando de Joaquín Sabina la tonada que
repitió toda la inconspicua noche hasta el hartazgo: “lo peor del amor cuando termina, son las habitaciones ventiladas…nananá
nananá con sordina, la adrenalina en camas separadas”. Fito lo acompañó,
aunque sin saber el motivo de tan desbocadas ansias de beber, pues Daniel no
quiso hablar, sólo deseaba ser acompañado. Y esta tarde se había acordado de
ella, la forastera de su corazón, Raquel. Pensando en su amor imposible,
realmente imposible, entró a un inodoro. Leyó en el muro, distraído, la ya
famosa y legendaria frase escrita con
lapicero verde que siempre acompañaba lealmente a quienes entraban solitarios y
serios, como se debe entrar a un baño. Se veía, inmenso:
LA MASTURBACIÓN PRODUCE AMNESIA… Y OTRAS COSAS QUE
YA NO ME ACUERDO
Bajó
su bragueta Levi`s. Escupió, educadamente, no como un auquénido y se dispuso a
orinar. Estaba a punto de cerrar los ojos para sentir mejor el placer de… en
eso vio en la pared:
LA PALABRA IMPOSIBLE NO DEBE EXISTIR EN EL
DICCIONARIO.
NAPOLEÓN
Enrojeció.
Esa pared hedionda y con manchas de dedos que se habían limpiado le estaba
dando una tenaz lección. Él sabía muy
bien que sí hay imposibles, puesto que se declaró una vez más y nada, y luego
quiso acercarse a ella entre diez y veinte veces, pero Raquel siempre lo
rechazó, natural, justificadamente. Olvidó guardar su miembro. Sacó un plumón
de su mochila y escribió encolerizado haciendo una flecha desde el final de la
frase:
CALLA IMBÉCIL, LO ÚNICO IMPOSIBLE SERÍA QUE TÚ NO
SEAS UN TARADO
Estaba
saliendo muy molesto, automátamente, fastidiado además porque en uno de los exámenes
había obtenido una baja calificación, y recordó otra inscripción flamante y
popular sellada en el Jr. Francisco de Zela, con la que se identificó en un día
de francachela, haciendo que su cólera se volviera ira. Quiénes serán los
Punkys, quiénes serán, ¡carajo!
SI LA EDUCACIÓN DA FRUTOS / QUE ESTUDIEN LOS
ÁRBOLES.
LOS PUNKYS
El
sol ya se ocultaba. Corrió desesperado. Enfado… Si ellos me joden desde las
paredes, entonces, se dijo, yo también puedo joder a todo el mundo. Cólera…
Entonces yo también escribo pe, ja ja, ya se fregaron todos los que me
fregaron, las paredes, como siempre, serán mis cómplices. Alegría… entra al
Tauca, bebe solitario varias cervezas, se va al centro, compra una pintura
aerosol de matiz azulado… alegría siniestra… en una tienda de la Av.
Raymondi.
6:30 p.m.
Se acuerda no sólo de Raquel, sino además de
Magdalena. Nostalgia… recuerda lo que le sucediera hacía años… Más profunda
nostalgia… esa santarosina se había rehusado también a sus requiebros amorosos,
aquella mujer lo besó con fiereza en una discoteca pero en realidad estaba
enamorada de otro chico, uno de La Libertad, un lapaco. Todo retornaba a él.
Magda, yo te quiero, ¿acaso no me crees?, por favor, no te vayas. Dani, tú ya
fuistes, sólo quería divertirme contigo, ya fuistes, ¿no entiendes? Pero… Mira
– le interrumpió ella, salvajemente – fue por las circunstancias, “El Montrek”
estaba repleto, hacía calor, bailábamos pegados, me puse romántica, quise
vengarme y me diste ganas, por eso chapamos, fue el ambiente, no por ti. No,
fue por nosotros, nosotros lo quisimos – rememoró Dani, más ofuscado. No
fastidies Dani, adiós.
Fue
una tormenta del momento, en verdad, un beso producido por la presión más que
por el amor. Fue el todo que influyó poderosamente en ellos, las partes.
Ahora
verá. Ira… corrió a la biblioteca. Aún
está abierta. Esperanza… bien… se estrelló en unas sillas. Ella, Magdalena,
frecuentaba la biblioteca. Desde que entró hace dos años a La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se había convertido en una beata
medieval. Cambió radicalmente. Ira, no, rabia… ahora sólo usa faldones y dice
ya es muy estudiosita. Está vacía la mesa donde suele sentarse. Él siempre la
espiaba. Ironía… ja, ja, ya se jodió. Llegó
a la mesa y escribió desesperadamente con el mismo plumón:
MAGDA, DEL CIELO CAYÓ PINTURA PARA PINTAR TU
HERMOSURA Y COMO TE VIO TAN CHULA…
Lágrimas
resbalaron por su rostro. Pesar… Dolor… SE
ME PARÓ LA…
Salió
llorando amargamente, no tuvo el valor de terminar su perniciosa frase.
¡Idiota,
no puedes escribir en tu cara! – oyó que le gritaba la bibliotecaria pillándolo
tardíamente. Daniel no le hizo el menor caso, se fue corriendo, acobardado, con
la impresión de que quizá esa ciudad tan grande sería un competidor muy fuerte
para él, como el lapaco ese de quien se vengó Madgalena con él.
En
su dolor sufre un ataque de amnesia a la calma y descifra en sus manos y en su
vida la marca indeleble del vacío, el cual fue acorralándolo espeluznantemente,
como los muñecos irrisorios que causan pavura en el momento de la infancia que
aún arrastramos, como las calles lóbregas
por influencia de la aterrada desilusión sentida, como un primer delirium tremens. Suda con gélida violencia. Va trastabillando sintiendo
en su interior el licor como una vertiginosa mano que le desgarra las venas y
el alma, fermentándose él mismo. La gente lo observa extrañada, se alejan de
él, lo marcan con su indiferencia para salvar su integridad vilmente amenazada
por la nada y la desconfianza.
Está
corriendo hacia el Pedregal, le da el viento, se marea más. La ciudad
monstruosa lo presiona irremediablemente, se siente más ebrio, cae entre las
piedras, coge su espray, no sirve para nada, el sueño lo envuelve en una
alegoría oscura de ruptura espiritual… dónde hay hierba, droga, por favor, se
le nubla la vista, funciona, sí, funciona el maldito frasco, escribe a tientas,
casi adormecido, embravecido y pasmado. Algo se le está quebrando en la
subjetividad.
Hasta
el amanecer estaría en la Comisaría Policial. Fue recogido del suelo por un
policía que era amigo de su padre. Y al amanecer en una pared de El Pedregal se
leía la siguiente inscripción:
EL QUE TE VENDE DROGA NO ES TU AMIGO, SINO EL QUE
TE LA REGALA…
Y agregó, débil:
EN LOS MOMENTOS MÁS… DIF…
Mientras
tanto yo, solo, sin saber por qué razón Daniel no contestaba el celular, me la
pasaba pensando qué escribir. Mi mente sólo pensaba en tres cuestiones:
primero, tratando de buscar frases para expresar el sentimiento guardado aquí
dentro, muy dentro; segundo, en el amor por el pensamiento científico cada vez
más ignoto y deleitante para mí; y tercero, en la barrera de incomunicación
gigantesca que heredé desde mi infancia el cual me transformó en este hombre
pusilánime y valiente que soy, es decir, un hombre distinto a los demás, con
sus dones y defectos propios… aunque a veces me pongo a pensar bien hasta dar
con la idea de que no soy único, sino similar, y hasta igualito a todos. Me
digo… ¿quién pues sabe expresar a viva voz y perfectamente sus verdaderos
sentimientos? Muchas veces, la palabra es limitante para expresar lo que
sentimos, y además, aún pudiendo decirlo con asertividad, a nadie le gusta
estar diciendo a todo el mundo lo que es, por seguridad o por esconder nuestras
debilidades, que son nuestras y son cadenas que únicamente debemos arrastrar
nosotros solos. Entonces ¿dónde radica la diferencia?, meditaba. Veamos, empecemos
por el conocimiento. Mi amor por el conocimiento no es, en honor a la verdad,
exclusividad mía. Es connatural al homo sapiens, porque conocer no es sólo
buscar el saber científico o las teorías nuevas, sino también leer un diario,
aprender a arar la tierra y hasta freír un huevo, que no siendo conocimiento en
sí, tal vez no tan importante como el científico, es ciertamente más vital,
pues significa el conocimiento que nos permite vivir. A veces me sentía un
anormal por cavilar en estos aspectos que seguro a nadie le interesarían… ¿o
serían mis complejos?, y qué, finalmente, ¿quién no ha heredado traumas y
conflictos desde su niñez?, me preguntaba, sin saber cómo aparecen, o tal vez, tratando
de determinar sus causas.
Sí,
hay causas. Y daban vueltas las ideas en mi cabeza cada vez más, y entonces,
comenzaba a hablar y discutir conmigo mismo. Mira esta línea ____, es una causa que conlleva posteriormente un
efecto. No, la causalidad no es así ____, la causalidad tiene forma indefinida,
un garabato; esta línea ____, solita, no tiene ningún valor, sólo es eso, una
línea y no un todo, ¿entiendes? Sí, pero observa, esa línea es una causa.
Claro, claro, una causa, una manifestación humana o natural, que es sólo una
pieza de todo un engranaje complejo. Bueno, creo que sí tienes razón. Si la
consecuencia de esa causa fuera única y solitaria se perdería en el sistema,
podría pasar desapercibida y…
¡Vamos,
vamos Toledo, contigo el Perú triunfará! ¡Vota por Toledo, la T de trabajo!
¡Mierda!,
como interrumpen con esas campañas políticas, no dejan ni pensar. Ya es de
noche, ¿qué será de Dani? Intento llamar por enésima vez. Su celular está
muerto. Dónde estará, y, ¿por qué no salir a escribir solo?
Mientras
tanto, en la comisaría Daniel no lograba acomodarse en el sueño. Su teléfono
había desaparecido en el fragor de su lucha interna. Ya sosegado recordaba la
biblioteca, los lectores, el último diálogo de alguien que lo vio ebrio y
desesperado.
-
Oye, ¿y ése, qué
tiene?, mira como escribe en la mesa de allá y con plumón todavía.
-
¿Quién será?, respondía un tal Juan. Ese creo
es Daniel, el amigo de Fito, ¿no?, ¿está borracho?
Lunes. 9:45 pm
De
nuevo el frío destruyendo las caras. Las calicheras dispuestas a calentar a los
noctámbulos y trasnochadores propician el caritativo combate contra la
intemperie. Es entonces que las más recónditas quimeras cobran vida y realidad
en la noche, frente a la bulliciosa ciudad que empieza a meterse bajo las
sábanas, en tétrica hosquedad, hasta sosegarse completamente. La avenida
Luzuriaga se atraganta de gente, de regalos banales en las tiendas, se viene
encima la Navidad, se inunda todo de luces como un barato burdel parisino de
sueños y utopías. Sin embargo, la noche suele subyugar la actividad, y poco a
poco ejerce su dominio sobre la gente. Y cuando algunos inician la rutina del
sueño, otros encaran la oscuridad…
Me
preguntaba qué pondría ahora. Estaba solo y me sentía bien, es mejor estar solo
solo y no solo acompañado. Lo sucedido a Dani era todo un misterio para mí, no
estaba en la universidad, ni su casa ni en cualquier otro lado conocido. Su
madre me dijo: Dónde andará tu amigo. No lo busqué más. Salí a maquillar el rostro
de la ciudad. Qué escribir, pensaba. De repente vi a una señora en mini parada
en una esquina, era la mujer del alcalde. Cierto, se viste así y se pinta como
una mujerzuela, pero no lo es, sólo
parece. Esa tía es la muerte, qué traumas tendrá la pobre. Se cree jovencita
seguro. Entonces se produjo una especie de iluminación en mi mente. ¡Ya sé qué
escribir! Encontré, como hallar el elixir de la vida, un muro amplio frente a
mí. Saqué el espray al toque. Ya ya, ya estoy cansado de estos gobiernos de
porquería, pensé. Shhhhhhh shhh shhhhhhhh – refunfuñó el sonido de la pintura
saliendo del espray.
Luego
de un momento de catarsis artística popular se leía esplendorosamente en la
pared.
NOSOTROS QUEREMOS QUE LAS PUTAS GOBIERNEN
PUES YA ESTAMOS CANSADOS DE QUE SUS HIJOS LO HAGAN.
Me obnubilé contemplando mi obra. Genial. Y me pareció
tan magistral que fui invadido por la euforia: Ayayay, aquí no pasa nada, la
pared y mi letra es lo máximo. Luego estuve ciegamente feliz: Nadie nos podrá
detener, nadie nos impedirá escribir, ¡ni los tombos carajo! Comencé a saltar...
¿Es el texto completo el que esta aquí?
ResponderEliminarNo :D
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