sábado, 2 de agosto de 2014

Descarga gratis EL SEXTO LUGAR DE LA QUINTA

TERCER RELATO:

EL SEXTO LUGAR DE LA QUINTA

La propagación de una idea no es culpa ni es mérito de sus
asertores; es culpa o es mérito de la historia.
JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI.

Abajo, todo esfuerzo se maldice,
arriba, toda culpa se perdona.
JUAN DE DIOS PEZA.

Muchos me han visto hablando con las paredes de la calle. En definitiva, no creo ser un desadaptado social o un loco, ni mucho menos un vago sin oficio ni beneficio, pues por lo menos estudio en la universidad. Lo que sucede es que prefiero contar mis sentimientos a una pared y no un amigo o algún familiar. ¡Ellos no saben nada de nada! Las paredes y la noche son mejores confidentes. Y más seguras, aunque una noche no lo fueron tanto, y me enseñaron a ser más clandestino en mi labor, para ser más feliz.  

Domingo, de noche.
Habíamos tomado harto caliche y deambulábamos con Daniel bajo las estrellas del límpido cielo huaracino, hasta que encontramos una pared enorme, bella y sucia – como una exuberante mujer de la noche – dispuesta a recoger nuestras más secretas intimidades.
Yo me animé a escribir primero, tomé el espray y comencé mi trabajo, de pronto, corre carajo, esa luz debe ser del carro de la tombería, me gritó Daniel. No, no creo por acá, le respondí. El humor tibio del alcohol me envalentonaba. Como que no creo, sonso, ¡la patrulla se aparece por donde sea!
La luz provenía de inmediaciones del parque FAP o la avenida Gamarra, según mi ofuscada conciencia. Pronto aparecería un auto raudamente. Te dije, vámonos, es el color oscuro de la policía, susurró amargo mi amigo. ¡Espera!, sólo me falta una frase, debe terminar así: “…tienen la esperanza de que caigan”, sí, así debe acabar, sin ella mi frase no tendría sentido, le contesté mientras seguía escribiendo casi delirante. Qué sentido ni qué nada idiota, corre, ¡corre! El auto se acercaba más dejando notar su temida presencia para la gente agazapada de forma ilegal entre las sombras de la noche. Mi mano movía diestramente la lata de aerosol sobre el inmaculado lienzo de cemento. Sshhhhh – gemía el espray –  la C, la A… shhh, la N… shhh, CAIGAN. ¡Listo! Corre, corre.
El envase de espray rojo quedó rodando por la acera, el carro oscuro pasó despistado. No era la patrulla policíaca.
Lunes, 2:30 a.m.
Hace frío. El frío, acá, es capaz de colarse hasta los huesos, de coagular la sangre, tú no sabes, para combatirlo es inevitable y a la vez el mejor remedio ir a las avenidas Fitzcarrald o Sucre, la triste Meca de los tomadores impíos, a comprar una nutritiva botella de té o hierba rala, como vino de iglesia rural, con un chorro analgésico de alcohol no refinado, celestial, seguido del rito religioso de la sagrada purificación circular, con el mismo cáliz y en comunión de todos los creyentes: el caliche, ideal para expiar todas las inhibiciones humanas, es decir, en términos eclesiásticos, los pecados.
El caliche es un volcán, calienta, no obstante, cualquier parte de la ciudad es igual. El frío sale para todos, embargando con deletérea fruición la voluntad y los pensamientos amodorrados de los transeúntes, transformando la ciudad hasta convertirla en un terrible espacio de concreto, donde el ocio o la creatividad pueden implantar su reino sin poderío. Y la soledad progresa, característica inmanente de los rincones citadinos, mientras, para contrarrestar al medio ambiente abrumador, el caliche.
Ahí, entre el caliche y el frío, las calles de Huaraz están vivas, nos acompañan, nos hablan calladamente, nos recriminan sin asco y hasta nos aconsejan con sapiencia como el susurro de un padre tras el confesionario, de forma anónima y con autoridad infalible. Se presentan surtidas de frases, lanzando su inerte expresión revitalizante. 
¡VIVA EL PARO NACIONAL! / 25 DE MARZO. ABAJO EL TLC.
AMOR, NO OLVIDES QUE SI LLORAS, SÓLO PUEDE CONSOLARTE QUIEN TE HIZO LLORAR. JOSÉ.

Ni el frío ni la quiebra económica logra exterminarlas, y se mantienen, fieles a su misión de representar al enorme patio nublado que subyace en el alma.

ESMELINDA, AUNQUE ESTES DONDE ESTÉS SIEMPRE TE LLEVO EN MI CORAZÓN.

-  Ja, ja, ja – ríe Esmelinda, una cerril chica de saco azul recientemente decepcionada por su novio – si yo estuviese allí hace tiempo que le hubiera provocado un infarto a ese desgraciado.
El hoy y el ayer confundidos en una palabra despiertan a los primeros noctívagos que se curan de la nueva resaca. Confundidos y absurdos, coherentes y famélicos. Reza una oración última depositada en los mugrientos muros:
YO NO SOY DE HUARAZ

-  Eso se nota – balbucea con desgano algún sensibilísimo indignado -. Serás un extranjero o un resentido. Y gesticula sin norte semejando a quien se ríe de una mala broma o de un buen chiste asesinado. 

A L ¡ARRIBA COMANDO GRONE!

Huaraz, la gran Huaraz, se escribe en las paredes, en las mesas, en los suelos.

ABAJO BUSH/FUERA CÉSAR ALVÁREZ

Yo había vagabundeado solitario por rincones y plazuelas sin encontrar, esta vez, diversión. Mi enamorada, Karen, no quiso salir conmigo, esta vez, pues prefirió ir a misa de nueve, la última misa de la noche, preparándose para su retiro espiritual ya que pronto haría su confirmación. Seguro había llegado a casa exhausta por el aburrido palabreo del padre que trataba de improvisar una especie de sermón católico con realidad socio-económica… Para que la Virgen nos ilumine con su bondad ¡Te  lo pedimos Señor! Para que cada día seamos más dignos de tu Gracia ¡Te lo pedimos Señor! Para que haya equidad en el Banco Mundial y el modelo neoliberal ¡Te lo pedimos Señor! Frases propias para estar pintarrajeadas con brea embelleciendo el muro de algún hogar cristiano, pensaba yo, sonriendo malicioso. Estaría cansadísima y al mismo tiempo alegre, pues se sentía integrada a su sociedad mediante la iglesia.   
Por el contrario, yo me sentía como un elemento aislado de mi estructura organizada, y por lo tanto, sin significado ni validez; ni mi cierta simpatía para las huaracinas, ni mis modales prefabricados, ni mi relativa apariencia intelectual, ni mi billetera llena de fotografías carné me reconfortaban cuando estaba solo, como siempre, aunque ya debería de haberme acostumbrado. Subconscientemente pensaba… no importan las cualidades ni las formas externas, sino mi función  en la urbe, mi posición en el sistema  que  me incluye y al cual me debo. Conscientemente… soy un pobre idiota, que más da… porque siempre lo fui.
Recuerdo que de niño mis padres nunca escuchaban nada. Llegaban de la casa agitados y andaban de aquí para allá. Las ropas sucias, la comida, las compras, las tareas de Rolandito y seguramente también, el sexo de los casados, al final, como última preocupación. Al poco rato ya se les veía mirando sus relojes. Me acariciaban la cabeza y volvían a salir. Un día, cuando estaba en la escuela un niño me pegó. Todo fue por una niña, todo pasó en un segundo. Ese Javier se había mantenido agachado detrás de una carpeta esperando a que pasara Maricarmen. Yo lo vi, pero ni siquiera intuí que aguardaba el momento preciso para burlarse de ella. Cuando se aproximó el otro saltó de su escondite y sin vacilación le bajó el buzo. Se le vio su calzoncito rosado, su piel rosada, y más arriba, su carita aún más rosada, roja, escarlata, bermellón oscuro. Lamentablemente, ella buscó con la mirada perdida a alguien que la defendiera, y ante tal ausencia – pues todos reían y  la señalaban – optó por ponerse a llorar y se lanzó sobre mí. Yo la abracé y me quedé congelado, sin saber qué hacer, nunca había sentido a una niña tan cerca de mí. Era delgada, transmitía una tibieza conmovedora y creo que suspiré, como nunca lo había hecho. La abracé también. En eso, Javier me apuntó con el índice despiadadamente justo en medio de mi frente y gritó: ¡Fito y Maricarmen, Fito y Maricarmen! Fue suficiente, me llené de rabia y en menos de una décima de segundo le propinaba una patada furibunda. Maricarmen, viéndose desprotegida, se fue corriendo. Volteé y traté de llamarla. De pronto sentí un ardor incomprensible en mi nariz. La sangre brotó sin cauce, despavorida. El puñetazo de Javier había sido violento.
Aquella pelea quise contársela a papá, no sé si con afán heroico o como forma de adquirir alguna orientación paterna, mas, cuando inicié mi relato, me vio a los ojos como si estuviese viendo un partido de fútbol y me dijo que iba a volver pronto, que no tenía tiempo, que en la noche iba a oírme. Lo esperé hasta su retorno, dormido sobre el sofá. Regresó ebrio y casi sin mirarme se tiró a dormir la mona. Lo habían ascendido al puesto de adjunto del contador general en la empresa de los Moreno y las cervezas ayudaron a plantar las firmas correspondientes. Entonces lloré mucho, a escondidas como siempre lo hacía, y me sentí solo, muy solo. Luego, saliendo de mi desdicha sufrí una conmoción, de la pena al rencor. Entonces escribí con una tiza en el piso: PAPÁ ES SORDO. 
Fue mi primera inscripción.
Ahora, después de extrañar a rabiar a mi enamorada, busqué a Daniel para tomarnos unas botellas de caliche, y de acuerdo a mis hábitos de bestia de la noche salí como un explorador a buscar donde seguir haciendo mis subrepticios anuncios en la hechura; y públicos en exceso, tras el delito.     
Después que pasó el carro negro, nos escabullimos de entre la sombra del árbol que nos sirvió de camuflaje. Te dije que no era la poli, le dije a Daniel, quien sin hacerme caso contestó: Oye Fito, tu frase estará maldita, supongo, ya que te obsesionaste en acabarla de pintar en la pared, ¿la terminaste? Sí Dani, como no, aunque con el apuro dejé los tubos de espray tirados. ¡Qué diablos! al menos ya adornaste a ese institutito de miércoles. Sí pues, Dani, le contesté poniéndome pensativo viendo su rostro cuya nariz parecía un signo de interrogación y recordé lo de mi madre.  Y… - carraspeó Dani antes de proseguir - hablando de ese instituto, ¿no va a volver tu  vieja a trabajar?
Mi mamá era personal de servicio en ese instituto más conocido como el CEO. Decían que ya era muy viejita para limpiar todos los salones, pues era una anciana. Y la iban a jubilar.
Creo que así  va a ser – le respondí –, claro que trabajando gana más, la pensión de jubilada es una miseria, bueno, así parece, en verdad mi madre no quiere jubilarse, dice que se sentiría inútil. ¿No se puede hablar con el director?, me interrogó Dani. Eso es culpa del gobierno, no del director. Es cuestión de leyes no de personas. Entonces Dani dijo: ¿Acaso las leyes no sirven para proteger los intereses de las personas? No sé, contesté cortante porque debía terminar esa conversación, ya que estaba contándole demasiado a Daniel, y eso me parecía nocivo.
ANDRADE PRESIDENTE UN PERUANO COMO TÚ

Por eso confiaba más en las paredes. No me dicen qué debo hacer ni tampoco andan por ahí tergiversando lo que se les ha confiado. Tampoco suspiran sin saber que decirme ni fingen una empatía que no sienten. Dani ya se estaba enterando demasiado de mi vida. No era bueno. Tenía que cambiar de tema. Tal vez hablaba porque me sentía aún bastante picado. El alcohol cumplía su rol a perfección.

PATTY, TE AMOOO

Estaban temblando. La fiebre del caliche se les iba evaporando con el correr de los minutos. Una ráfaga de frío acarició los rostros. Unos segundos de mutismo acompañaron su incontrolable tiritera.
En eso, rompiendo el hielo, pregunté a Daniel por su enamorada, o mejor dicho, su casi enamorada. Oye, aquí estudia Raquel, ¿verdad Dani? Aaah, ya está en segundo ciclo. ¿Aún te gusta? Nonono, esa flaca ya fue. ¿Lo dices por que no te atracó? Dani me contestó con una señal de fastidio.  Yo continué: vaya, no seas despechado, además flacas hay un montón. Ya sé que hay bastantes mujeres, quién se va a encaprichar con ella, me mandé una vez y no quiso, y listo, a buscarse otra, además es una creída, cree que tener un rico cuerpo es razón suficiente para triunfar en la vida y convertir en caracoles a los hombres. Vaya, qué frasecita uón, le dije. Pero está buena, ¿sí o sí? No sé – Daniel se queda pensativo, observando el oscuro color de la pista. Yo creo que aún la quiere este sonso, pensé y decidí proseguir. Y no crees… ¡Qué frío hace! y eso que hay luna, me cortó. O sea que ya no te gusta, intenté reanudar el diálogo. No, ya no ya, me gustaba antes, aunque… bueno, olvídalo. No, qué me querías decir. Nada Fito, nada, qué hora es ¿ah?, dijo evadiéndome aún con más vehemencia. Ya no proseguí con el tema, de repente él también no confía mucho en mí. De súbito sonó la alarma de su Nokia, roll on, identifiqué,  encendiendo las luces rítmicas. ¡Oye imbécil, las tres y treinta! – gritó. Es la hora que puse para estudiar epistemo, siempre estudio de madrugada para captar mejor. Tarde no, le dije un tanto desorientado. Y el lunes, o sea hoy, tenemos examen en la universidad. Cierto, los finales, ni me había acordado. ¿Vamos? Vamos pues. ¿Te vas por allá? Sí. Chao, nos vemos. Nos vemos mañana a las ocho. Ya, chao.
De ese estilo solían ser nuestras conversaciones, entrecortadas y anémicas de contenido, nunca nos enterábamos más de lo que debíamos saber. Tal vez por eso éramos amigos, no teníamos la necesidad de identificarnos entre nosotros, y por tanto, de aburrirnos mutuamente.
De todas maneras con Daniel me sentía a gusto. Era tan igual como yo, tal vez hasta sentía lo mismo que yo y no había motivo para querer interesarme de sus sentimientos, ni él de los míos. Ambos éramos flacos, libábamos caliche por puro gusto, nos gustaba pintar burdos grafitis y sobre todo solíamos ocultar nuestra verdadera identidad tras el silencio. Encima de todo ello, y aunque suene incompatible, a los dos nos encantaba de verdad el estudio y no por pura finta, sino que chancábamos a rabiar. En las exposiciones solíamos hacer gala de nuestra verborrea, esa misma que adormecía a las féminas más lindas y provocaba las interrupciones solapadas de nuestros compañeros, pero además, que encantaba a los profesores de la UNASAM, ese conjunto de habitáculos celestiazules y morosos habitados por almas sin pena, donde aparte de los saberes uno aprende mucho de lo que no debe saber y algo de lo ya sabido. A mí realmente esa mezcla ambigua de rigor e indiferencia académica que se respiraba hasta en el cafetín me afectaba. Y si aquella sensación infectaba hasta a los acreedores de las frivolidades propias de la vida social universitaria, cuantimás a lectorcitos como yo o Daniel, cuyas mentes se resistían a ser suplantadas por esos ingeniosos moldes repetitivos de luz y candor intelectual.       
Un día, ya muy chispo, le conté a Daniel el origen de mi amor por los libros y el conocimiento y lo hice utilizando mi más florido léxico. Mi discurso mentalmente deseaba expresar lo siguiente: En la secundaria las verdades se manifestaban de manera acríticamente absolutas, el conocimiento yacía configurado en un machote apolillado de unas centenas de palabras, en una serie lineal de enunciados y metodologías seudodialécticas y casi escolásticas en formato de docentes dogmáticos y despreocupados de su labor didáctica o en crisis de sus esquemas síquicos más elementales, por ello tomé un gran interés por el estudio y empecé a tenerle tirria a lo tradicional y a lo aceptado de manera conformista y no sé por qué  no me sentía igual que los demás, identificado sí, pero igual, no; yo era un ser humano, en definitiva, pero debía ser singular y único, distinto a los otros, especialmente diferente de los que viven apabullados por las convenciones sociales. Sin embargo, en la borrachera, entrecortadamente mascullé: En el cole todos creían que en el libro estaba todo y encima los profes eran unos brutos, bueno, unos malditos despreocupados, por eso me relajé y empecé a estudiar por mí mismo, siendo yo mismo pe, por eso me gusta chancar. Daniel aseveró pensar y sentir de la misma manera, por eso congeniamos.
La gente se ríe de mí y de Daniel, creen que somos unos desadaptados porque  no  nos  lavamos el pelo, andamos de noche aparentemente sin sentido, vagando, no como todos que sólo andan por pasear o buscando alguna disco. Siempre estamos gritando huachafadas por las calles, nos reímos, también, de las personas, y en las marchas de protesta cogemos piedras, rompemos lunas y cabinas telefónicas, símbolos del inhumano monopolio que nos agobia. Realmente creen que somos diferentes, y eso nos alegra, hasta muchas veces los engañamos y creen que somos felices así. Se equivocan. No saben que detrás de esta apariencia de  desclasados y alienados – como nos llamó en una oportunidad el calvo profesor de sociología, pintoresco señor que cita en inglés y usa gorritas escocesas – somos personas solitarias, de esas que se sienten solas en medio de una procesión. Además, somos, y todos lo saben,  los mejores estudiantes de la Facultad, sin humildad ni remilgos. Devoramos todo libro que cae en nuestras manos, sacamos buenas notas y somos creativos, tenemos nuestras flacas y somos unos pobres tontos, pensamos que vamos a vivir del conocimiento. Y a pesar de todo ello, tenemos una aceptación social,    mmm, sostenible, digamos, y nuestras relaciones no trascienden lo cotidiano, oscilan entre la pasividad y la sicosis, entre lo furtivo y lo plausible. Y… bueno, nada más, nada más, creo que debo callarme, sin darme cuenta ya te estoy confiando mucho, y que yo sepa, no parece que seas tan discreto como una respetable pared. 

Aún lunes. Lento atardecer.

Horas después del examen de epistemología, Daniel ingresó al baño de la Facultad de Derecho pensando en Raquel, la mujer de quien verdaderamente se había enamorado hasta el tuétano. Empero, ella no le mostró ni un fatigado gesto de amor. Nadie está obligado a amar, por tanto, su desdén podría ser natural  y justificado, y simbólicamente terrible como una bandera izada entre los despojos de un país avasallado, como una conquista sin conquistador. Ella seguía ahí, remota, atemporal. Quizás falló en su estrategia de cortejo. Como en sus ojos de camelado la veía como un hada celestial, no le regaló chocolates ni perfumes, sólo intentó homenajearla espiritualmente dándole un poema. Así pensó Dani enamorarla. Era imprescindible dar parte de sí y no solamente lo que se puede pagar y no se puede sentir, decía ilusamente. Si hubieran iniciado una relación desde esa tarde en que se declaró infructuosamente, ya se estaría acercando su primer aniversario. Pero eso era una ilusión, parecido a su poema, una utopía sin ton ni son. No logró estar con ella, con su perfecta e inalcanzable Raquel, la dama de sus sueños. Aun siendo apegado al conocimiento, Daniel nunca había puesto interés en la clase de Literatura, pero desde que conoció a Raquel memorizó versos y versos y se esforzó en confeccionar una poesía que fuera pulcra y adecuada para Raquel. Pasó varias noches sin dormir buscando la frase suprema, la palabra que diera vida a sus sentimientos. Muchos pensaban, los que no lo conocían a fondo, que era un estudiante íntegro, limpio, blanquito y algo introvertido, con plata y siempre andando con buenos libros. En verdad era muy inteligente, pero otra faceta más inverosímil se prefiguraba en él desde hacía poco. Estaba siendo dominado por el alcohol y cierta vez me hizo probar un poco de marihuana. Fito, mira, y me mostró una caja de fósforos humeante en la cual se había practicado un agujero. Adentro, la sagrada hoja ardía primorosamente como un guerrero vencido en la pira sepulcral. Y aspiró, aspiró. Él decía que la grifa lo ayudaba a inspirarse para hacer poemas, porque conscientemente había sido un rotundo fracaso como bardo. Pero la práctica hace al maestro, y su musa le incentivaba a no cejar en su intento cada vez que la veía salir del CEO con su sonrisa de niña y sus piernas de vedette. Y lo intentó mil y una noches. Así, reventado y duro, con los ojos rojos y huasca, logró hacer una poesía medianamente romántica. Según sus cánones literarios el poema estaba hermoso. Entonces se desintoxicó una semana y empuñando el sobre perfumado donde guardaba su joya lírica fue a buscarla. Cuando le confesó su amor en la esquina de su casa, Raquel sonrió. Él se alentó viendo un rasgo positivo de eventual ingreso triunfal a su corazón. Luego le entregó el poema y ella abrió el sobre indiferente. Se puso a leerlo, conteniendo otra tierna sonrisa, pero al terminar el primer verso no soportó más y explotó en una irónica carcajada. El rostro de Daniel se tiñó de invierno. Para ella, el poema era ridículo. Le dijo que no, terminantemente. Y así terminaron sin siquiera haber iniciado. Esa noche Daniel bebió caliche en su cuarto, casi hasta morir, destrozando su celular, escupiendo al espejo y escuchando de Joaquín Sabina la tonada que repitió toda la inconspicua noche hasta el hartazgo: “lo peor del amor cuando termina, son las habitaciones ventiladas…nananá nananá con sordina, la adrenalina en camas separadas”. Fito lo acompañó, aunque sin saber el motivo de tan desbocadas ansias de beber, pues Daniel no quiso hablar, sólo deseaba ser acompañado. Y esta tarde se había acordado de ella, la forastera de su corazón, Raquel. Pensando en su amor imposible, realmente imposible, entró a un inodoro. Leyó en el muro, distraído, la ya famosa y  legendaria frase escrita con lapicero verde que siempre acompañaba lealmente a quienes entraban solitarios y serios, como se debe entrar a un baño. Se veía, inmenso:

LA MASTURBACIÓN PRODUCE AMNESIA… Y OTRAS COSAS QUE YA NO ME ACUERDO

Bajó su bragueta Levi`s. Escupió, educadamente, no como un auquénido y se dispuso a orinar. Estaba a punto de cerrar los ojos para sentir mejor el placer de… en eso vio en la pared:

LA PALABRA IMPOSIBLE NO DEBE EXISTIR EN EL DICCIONARIO.
NAPOLEÓN

Enrojeció. Esa pared hedionda y con manchas de dedos que se habían limpiado le estaba dando una  tenaz lección. Él sabía muy bien que sí hay imposibles, puesto que se declaró una vez más y nada, y luego quiso acercarse a ella entre diez y veinte veces, pero Raquel siempre lo rechazó, natural, justificadamente. Olvidó guardar su miembro. Sacó un plumón de su mochila y escribió encolerizado haciendo una flecha desde el final de la frase:
CALLA IMBÉCIL, LO ÚNICO IMPOSIBLE SERÍA QUE TÚ NO SEAS UN TARADO

Estaba saliendo muy molesto, automátamente, fastidiado además porque en uno de los exámenes había obtenido una baja calificación, y recordó otra inscripción flamante y popular sellada en el Jr. Francisco de Zela, con la que se identificó en un día de francachela, haciendo que su cólera se volviera ira. Quiénes serán los Punkys, quiénes serán, ¡carajo!
SI LA EDUCACIÓN DA FRUTOS / QUE ESTUDIEN LOS ÁRBOLES.
LOS PUNKYS

El sol ya se ocultaba. Corrió desesperado. Enfado… Si ellos me joden desde las paredes, entonces, se dijo, yo también puedo joder a todo el mundo. Cólera… Entonces yo también escribo pe, ja ja, ya se fregaron todos los que me fregaron, las paredes, como siempre, serán mis cómplices. Alegría… entra al Tauca, bebe solitario varias cervezas, se va al centro, compra una pintura aerosol de matiz azulado… alegría siniestra… en una tienda de la Av. Raymondi. 

6:30  p.m.

Se  acuerda no sólo de Raquel, sino además de Magdalena. Nostalgia… recuerda lo que le sucediera hacía años… Más profunda nostalgia… esa santarosina se había rehusado también a sus requiebros amorosos, aquella mujer lo besó con fiereza en una discoteca pero en realidad estaba enamorada de otro chico, uno de La Libertad, un lapaco. Todo retornaba a él. Magda, yo te quiero, ¿acaso no me crees?, por favor, no te vayas. Dani, tú ya fuistes, sólo quería divertirme contigo, ya fuistes, ¿no entiendes? Pero… Mira – le interrumpió ella, salvajemente – fue por las circunstancias, “El Montrek” estaba repleto, hacía calor, bailábamos pegados, me puse romántica, quise vengarme y me diste ganas, por eso chapamos, fue el ambiente, no por ti. No, fue por nosotros, nosotros lo quisimos – rememoró Dani, más ofuscado. No fastidies Dani, adiós.
Fue una tormenta del momento, en verdad, un beso producido por la presión más que por el amor. Fue el todo que influyó poderosamente en ellos, las partes.
Ahora verá. Ira… corrió  a la biblioteca. Aún está abierta. Esperanza… bien… se estrelló en unas sillas. Ella, Magdalena, frecuentaba la biblioteca. Desde que entró hace dos años a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se había convertido en una beata medieval. Cambió radicalmente. Ira, no, rabia… ahora sólo usa faldones y dice ya es muy estudiosita. Está vacía la mesa donde suele sentarse. Él siempre la espiaba. Ironía… ja, ja, ya se jodió. Llegó  a la mesa y escribió desesperadamente con el mismo plumón:

MAGDA, DEL CIELO CAYÓ PINTURA PARA PINTAR TU HERMOSURA Y COMO TE VIO TAN CHULA… 

Lágrimas resbalaron por su rostro. Pesar… Dolor… SE ME PARÓ LA
Salió llorando amargamente, no tuvo el valor de terminar su perniciosa frase.
¡Idiota, no puedes escribir en tu cara! – oyó que le gritaba la bibliotecaria pillándolo tardíamente. Daniel no le hizo el menor caso, se fue corriendo, acobardado, con la impresión de que quizá esa ciudad tan grande sería un competidor muy fuerte para él, como el lapaco ese de quien se vengó Madgalena con él.
En su dolor sufre un ataque de amnesia a la calma y descifra en sus manos y en su vida la marca indeleble del vacío, el cual fue acorralándolo espeluznantemente, como los muñecos irrisorios que causan pavura en el momento de la infancia que aún arrastramos,  como las calles lóbregas por influencia de la aterrada desilusión sentida, como un primer delirium tremens. Suda con  gélida violencia. Va trastabillando sintiendo en su interior el licor como una vertiginosa mano que le desgarra las venas y el alma, fermentándose él mismo. La gente lo observa extrañada, se alejan de él, lo marcan con su indiferencia para salvar su integridad vilmente amenazada por la nada  y la desconfianza.
Está corriendo hacia el Pedregal, le da el viento, se marea más. La ciudad monstruosa lo presiona irremediablemente, se siente más ebrio, cae entre las piedras, coge su espray, no sirve para nada, el sueño lo envuelve en una alegoría oscura de ruptura espiritual… dónde hay hierba, droga, por favor, se le nubla la vista, funciona, sí, funciona el maldito frasco, escribe a tientas, casi adormecido, embravecido y pasmado. Algo se le está quebrando en la subjetividad.
Hasta el amanecer estaría en la Comisaría Policial. Fue recogido del suelo por un policía que era amigo de su padre. Y al amanecer en una pared de El Pedregal se leía la siguiente inscripción:

EL QUE TE VENDE DROGA NO ES TU AMIGO, SINO EL QUE TE LA REGALA…

Y agregó, débil:
EN LOS MOMENTOS MÁS… DIF…

Mientras tanto yo, solo, sin saber por qué razón Daniel no contestaba el celular, me la pasaba pensando qué escribir. Mi mente sólo pensaba en tres cuestiones: primero, tratando de buscar frases para expresar el sentimiento guardado aquí dentro, muy dentro; segundo, en el amor por el pensamiento científico cada vez más ignoto y deleitante para mí; y tercero, en la barrera de incomunicación gigantesca que heredé desde mi infancia el cual me transformó en este hombre pusilánime y valiente que soy, es decir, un hombre distinto a los demás, con sus dones y defectos propios… aunque a veces me pongo a pensar bien hasta dar con la idea de que no soy único, sino similar, y hasta igualito a todos. Me digo… ¿quién pues sabe expresar a viva voz y perfectamente sus verdaderos sentimientos? Muchas veces, la palabra es limitante para expresar lo que sentimos, y además, aún pudiendo decirlo con asertividad, a nadie le gusta estar diciendo a todo el mundo lo que es, por seguridad o por esconder nuestras debilidades, que son nuestras y son cadenas que únicamente debemos arrastrar nosotros solos. Entonces ¿dónde radica la diferencia?, meditaba. Veamos, empecemos por el conocimiento. Mi amor por el conocimiento no es, en honor a la verdad, exclusividad mía. Es connatural al homo sapiens, porque conocer no es sólo buscar el saber científico o las teorías nuevas, sino también leer un diario, aprender a arar la tierra y hasta freír un huevo, que no siendo conocimiento en sí, tal vez no tan importante como el científico, es ciertamente más vital, pues significa el conocimiento que nos permite vivir. A veces me sentía un anormal por cavilar en estos aspectos que seguro a nadie le interesarían… ¿o serían mis complejos?, y qué, finalmente, ¿quién no ha heredado traumas y conflictos desde su niñez?, me preguntaba, sin saber cómo aparecen, o tal vez, tratando de determinar sus causas.            
Sí, hay causas. Y daban vueltas las ideas en mi cabeza cada vez más, y entonces, comenzaba a hablar y discutir conmigo mismo. Mira esta línea ____,  es una causa que conlleva posteriormente un efecto. No, la causalidad no es así ____, la causalidad tiene forma indefinida, un garabato; esta línea ____, solita, no tiene ningún valor, sólo es eso, una línea y no un todo, ¿entiendes? Sí, pero observa, esa línea es una causa. Claro, claro, una causa, una manifestación humana o natural, que es sólo una pieza de todo un engranaje complejo. Bueno, creo que sí tienes razón. Si la consecuencia de esa causa fuera única y solitaria se perdería en el sistema, podría pasar desapercibida y…
¡Vamos, vamos Toledo, contigo el Perú triunfará! ¡Vota por Toledo, la T de trabajo!
¡Mierda!, como interrumpen con esas campañas políticas, no dejan ni pensar. Ya es de noche, ¿qué será de Dani? Intento llamar por enésima vez. Su celular está muerto. Dónde estará, y, ¿por qué no salir a escribir solo?
Mientras tanto, en la comisaría Daniel no lograba acomodarse en el sueño. Su teléfono había desaparecido en el fragor de su lucha interna. Ya sosegado recordaba la biblioteca, los lectores, el último diálogo de alguien que lo vio ebrio y desesperado.
-  Oye, ¿y ése, qué tiene?, mira como escribe en la mesa de allá y con plumón todavía.
-   ¿Quién será?, respondía un tal Juan. Ese creo es Daniel, el amigo de Fito, ¿no?, ¿está borracho?

Lunes. 9:45 pm

De nuevo el frío destruyendo las caras. Las calicheras dispuestas a calentar a los noctámbulos y trasnochadores propician el caritativo combate contra la intemperie. Es entonces que las más recónditas quimeras cobran vida y realidad en la noche, frente a la bulliciosa ciudad que empieza a meterse bajo las sábanas, en tétrica hosquedad, hasta sosegarse completamente. La avenida Luzuriaga se atraganta de gente, de regalos banales en las tiendas, se viene encima la Navidad, se inunda todo de luces como un barato burdel parisino de sueños y utopías. Sin embargo, la noche suele subyugar la actividad, y poco a poco ejerce su dominio sobre la gente. Y cuando algunos inician la rutina del sueño, otros encaran la oscuridad…
Me preguntaba qué pondría ahora. Estaba solo y me sentía bien, es mejor estar solo solo y no solo acompañado. Lo sucedido a Dani era todo un misterio para mí, no estaba en la universidad, ni su casa ni en cualquier otro lado conocido. Su madre me dijo: Dónde andará tu amigo. No lo busqué más. Salí a maquillar el rostro de la ciudad. Qué escribir, pensaba. De repente vi a una señora en mini parada en una esquina, era la mujer del alcalde. Cierto, se viste así y se pinta como una mujerzuela, pero  no lo es, sólo parece. Esa tía es la muerte, qué traumas tendrá la pobre. Se cree jovencita seguro. Entonces se produjo una especie de iluminación en mi mente. ¡Ya sé qué escribir! Encontré, como hallar el elixir de la vida, un muro amplio frente a mí. Saqué el espray al toque. Ya ya, ya estoy cansado de estos gobiernos de porquería, pensé. Shhhhhhh shhh shhhhhhhh – refunfuñó el sonido de la pintura saliendo del espray.
Luego de un momento de catarsis artística popular se leía esplendorosamente en la pared.

NOSOTROS QUEREMOS QUE LAS PUTAS GOBIERNEN
PUES YA ESTAMOS CANSADOS DE QUE SUS HIJOS LO HAGAN.

Me obnubilé contemplando mi obra. Genial. Y me pareció tan magistral que fui invadido por la euforia: Ayayay, aquí no pasa nada, la pared y mi letra es lo máximo. Luego estuve ciegamente feliz: Nadie nos podrá detener, nadie nos impedirá escribir, ¡ni los tombos carajo! Comencé a saltar...






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